ROBERTO NOBOA 

12:21

 

 

 

Llegué con mucha curiosidad a la exposición de Roberto Noboa (44 años, pero parece de 35). Se respiraba expectativa en el ambiente. Por otro lado tenia un cierto compromiso porque es amigo de un amigo, y ya sabemos, todo se toma en cuenta a la hora de aquilatar (vaya palabra ¡!).

 

Las dos exposiciones de Quito (CAC y Flacso) fueron su baile de debutante en la sociedad quiteña, y Pily Estrada, su curadora, tuvo buen cuidado de que sea a toda madre. Hubo notoriamente poco publico, y heterogéneo, gran parte parientes y amigos personales, algunos curiosos y algunos estudiantes de la USFQ que tenían como tarea asistir. Después de todo se trataba de un guayaquileño casi desconocido, salvo porque llama la atención que sea artista y pelucón al mismo tiempo (el ultimo caso fue el maestro Manuel Rendón), lo que puede significar un oxímoron(que suena como una especie de ave y hace juego con su obra). Teníamos que ver si a pesar de esta notoria discrepancia, pasaba o no el examen.

 

La verdad, iba prejuiciado, y prejuiciado en contra. En años anteriores había visto algo, una cancha de tenis por aquí, otra mas allá, nada que me sacara de quicio (que es lo que importa), solo se trataba de otro joven que estaba buscando su  camino, casi simple, casi desolado, casi perdido.

 

Pero ahora, a medida que pasaban los minutos entraba poco a poco en sorpresa, debo confesar al comienzo desagradable (después de todo, el odio duele menos que la indiferencia). Un cierto aire kitsch me invadía, un exceso de color y de contraste, un cierto desorden desconcertante. Sin embargo  un halo de fantasía empezaba a rodearme. En esos momentos recordé un secreto que me trasmitió un enorme artista: si la obra le gusta a todo el mundo es porque es vulgar. Si una obra te gusta de entrada es mala señal, al poco rato te empalaga y luego te aburre, pero si poco a poco te va gustando, nunca te cansaras y siempre encontraras algo interesante y te ira diciendo cosas nuevas.

 

 

Exactamente eso me sucedió con esta exposición de Roberto. Comencé con desgano y desconfianza y al poco rato me sentí sorprendido, y muy sorprendido. Fui entrando en su mundo y descubrí valentía y riesgo. Sus colores reflejan una intensa actividad volcánica que sale del interior, por eso hieren, son fuertes porque es un espíritu que grita. Y son contrastantes porque hay un enfrentamiento.

 

No pretendería convertir este comentario en una especie de sicoanálisis, lo que seria petulante, pero debo confesar que la obra de Noboa es estruendosamente (nuestra) autobiografía, y eso es precisamente lo que me encanta. Ya era hora de que un artista nos descubriera su alma, que se desnudara ante nosotros sin falsos pudores ni hipocresías. Aparentemente tenemos un gentleman medido, amarrado, equilibrado, pero la procesión marcha por dentro. Y no lo quiere ocultar. Las anotaciones permanentes en su Diario reflejan la intención de archivo, de espejo, de baúl de tesoros. 

 

Al fin humanidad y menos calculo. Al fin sangre y carne y menos sabiduría e inteligencia. Al fin instintos y combate interior. Al fin salir del armario de lo socialmente aceptable y enfrentarse  a la dulce aceptación de uno mismo. Roberto asume su rol político partiendo, no de una ideología, sino de una antropología.

 

No es raro que aquellos que nos parecen muy serios y equilibrados por fuera, en realidad esconden, incluso de ellos mismos, una tormenta. En este caso creo que Roberto se conoce muy bien, y se nota la felicidad del que rompe moldes y costumbres. En primer lugar rompe con las estrictas normas de lo culturalmente deseable, a lo que  responde con un rotundo: al que no le gusta que no mire. En segundo lugar rompe el lazo tradicional e inventa una nueva religión (religare). Aquí no hay dios ni ley, solo la cruda y buena magma que sale a flote.

 

La gran sorpresa que nos brinda este joven artista (la palabra artista, en este contexto, no designa tanto a una persona como un  titulo, que a mucho honra se le confiere), es que no es joven, no se ha dejado llevar por los modismos de “lo que se hace en otros lados”. Pinta con oleo sobre tela, y qué puede ser más anticuado en nuestra estricta contemporaneidad, en la que es importante estar vinculado al circulo de lo digital, lo efímero, y lo teatral. Roberto nació fuera de lugar y de tiempo. A la ligera parecería una crítica, pero al contrario, él viene de un mundo insondable que ha querido compartir con nosotros como una muestra de su profundo amor a la vida. 

 

 

“...Es mejorreconocer que nunca hemos sido realmente modernos, que nunca hemos dejado de hacer, en la práctica, lo que las escuelas más importantes de Filosofía nos prohibían hacer, a saber, mezclar objetos y sujetos, conceder intencionalidad a las cosas, socializar la materia y redefinir a los humanos” (1). 

 

Esta exposición tiene el nombre de: 12:21, son números que se miran al espejo tal como sus obras son espejos en los que el espectador se mira y se reconoce (eso es lo extraño).Solo el que no se niega puede encontrar conciliación. Solo el que se conoce puede encontrar paz. Solo el que es diferente puede aceptar las diferencias. Esta es la verdadera humildad, no la del que desde la altura mira con misericordia al de abajo, sino el que desde abajo se conoce ignorante y aprendiz. 

 

Incluso los pequeños adornos que se permitieron los consejos curatoriales no estuvieron demás, pues eran necesarios para maquillar y disimular. Aquí aprovecho para ponerle un punto de admiración (!) a Pily Estrada, su puesta en escena fue elegante, adecuada y coherente. Ella supo en todo momento respetar (y amar) el original. Le hace un favor al artista que con seguridad huye de esta parafernalia (búsquese la etimología porque es interesante). Ha sabido cocinar lo que de otra manera quedaría un poco crudo (aunque crudo también es rico). 

 

Lo que más me ha gustado es el logro plástico de expresar con fuerza  lo que es pura y sola contradicción. Esto es algo que los cultos  siempre evitan y disimulan, pero que un buen artista saca a flote. Y Roberto lo dice con todas las letras y se le agradece este ejercicio de sinceridad existencial. 

 

Él se manifiesta dividido, bipolar, como dando el salto, pero no hacia arriba, sino hacia abajo, que es mas difícil. Su obra más que dramática, es trágica. Dramática seria un paso desde este valle de lagrimas hacia un mundo mejor. Trágico es el paso de lo nada a lo aparente, de lo queremos ser a lo que somos, de lo que debiéramos  reprimir a lo que no queremos reprimir. 

 

 

 

 

 

Lo mas fácil, pero también lo mas aburrido, es la comedia, el seguir la corriente, no trasgredir, ser espectador. Pero lo más emocionante es mojarse, arriesgarse, opinar. Dicho desde el punto de vista antropológico, nos reunimos en torno a un espacio donde nosotros mismos tenemos que tomar posición. 

 

Por eso veo en la obra de Noboa, una mezcla de civilización y barbarie, de salvajismo y orden, de instinto y razón. Cuál de las dos prima en Roberto solo él lo puede saber. Desde nuestra óptica, no existe el equilibrio, sino un llano reconocimiento de lo vital a través del disfraz, de lo natural a través de lo calculado, de lo ordenado a través del caos. El arte es una manera de decir sin decir. Aquí no hay simulacro, sino disimulo.

 

La paradoja de la cancha de tenis tiene varias patas, una es el choque de lo civilizado contra lo salvaje, torneo que felizmente siempre gana lo salvaje. La otra pata es el torneo en sí, el juego, la diversión, el concurso, la competencia, el placer. Para muchos las cartas están dadas, pero para otros, los menos, todos los días hay que barajar, todos los días son creativos y distintos y todos los días son el último.

 

Regreso al comienzo. La reacción a mi primera impresión es de franca admiración, no por los resultados, que son siempre provisionales y nunca se completan, sino por la lucha que se plantea, por el reto que se propone. Por activa o por pasiva circulamos entre dos extremos. Roberto lo traduce a jugar,  reconocer el ambiente, ver en la oscuridad, ubicarse desde un ángulo y disfrutar el privilegio de ser actor y observador al mismo tiempo.

 

Para algunas personas, los extremos están claramente separados y definidos, en cambio para Roberto los extremos solo son puntos de referencia que están reunidos en su persona, en el instante, en la sensación. Su composición y color nos trasmite pasión, dolor, alegría. Metamorfosis de lo humano a más humano, pero al mismo tiempo, más frágil y más desvalido. 

 

Son los artistas los mejores guías de ciegos, porque son los que vislumbran a través de la penumbra, sospechan, se atreven. Solo el arte permite un acercamiento con la verdad, quemándose. La obra de Roberto es un café “macchiato”,  un soplo de brisa sobre el abrasador desierto del aburrimiento.

 

 

Además es muy significativo el logro de que cada una de sus obras sea un reto, un planteamiento creativo. Lo peor que le puede pasar a un artista es repetirse, hacer pequeños cambios de aquí allí. Muchos artistas caen en este vicio, sobre todo cuando tienen éxito (“cuida tus monos”). Pero Roberto se plantea cada obra como un nuevo desafío. Esta es quizás una de las marcas más difíciles de un buen artista. 

 

Los privilegiados no son los que tienen fortuna sino los que disfrutan de la vida, no los inteligentes sino los que piensan, no los que miran sino los que ven, no los que saben sino los que preguntan. No somos perfectos, pero eso no nos hace menos, todo lo contrario, es el punto de partida para ser mejores, aunque esa tampoco es la meta, la meta es gozar plenamente de la vida.

 

La forma es todo, el oficio no puede fallar cuando el espíritu quiere transparentarse. Por eso, acercarse a la obra de Noboa, más que una experiencia estética, que sin duda lo es, se trata de una experiencia existencial, es un enfrentarse y medirse, no solo del artista,  sino también del espectador, que puede optar por una íntima (aunque incomoda) reflexión, o huir hacia la no critica, hacia la pereza intelectual, hacia la comodidad. 

 

Quisiera creer que quienes compran sus obras necesitan sentir en el fondo de su espíritu una puerta de escape a la hipocresía, al que dirán, al statu quo. Todos al fin y al cabo, aunque, nos guste adornarlo, sabemos de que pie cojeamos, y lo disfrutamos en secreto (y el que este libre de…..termina en piedra).

 

Los títulos de sus cuadros son muy significativos, son una declaración de principios, como una confesión.

 

“Problemas del éxito y los monos malditos”. Aquí se establece una confrontación vital entre la repetición y la costumbre, o la búsqueda y el hallazgo. (oración: Musa del Olimpo, has que los monos, como ángeles de la guarda, siempre estén allí para recordarnos que somos polvo de estrellas. Amen, así sea).  

 

Qué nos dice su “Autorretrato amarrado”, que necesita escapar ? o que la dulce prisión de la fantasía es mejor que el tedioso “back stage”.  

 

Solo por regodearnos, recojo otro: “No era ni juez ni parte, ella lo sabía”.Aunque podría ser el titulo de una estupenda novela negra, si calculamos bien, aquí caben al menos treinta y siete (coma tres) interpretaciones. Ni Salomón en toda su gloria lo podría decir mejor, casi es la descripción de un juego. Y qué es la vida, sino. 

 

Roberto nos propone una potente simbología: venados, canchas de tenis, mansiones solitarias, piscinas, alfombras, chanchos. Con estos ingredientes nos invita a que cada uno se prepare su propio combo emocional. Su receta nos deja en la punta de la lengua un fuerte sabor de boca: poder y anti poder se juegan el gran partido, todo o nada, suerte o muerte. Naturaleza o  artificio, no hay división. Las dicotomías no son reales, solo sirven para comprender, pero comprender no es copiar la realidad, es solo codificarla y decodificarla.

 

 La asimetría entre ‘naturaleza’ y ‘mundo social’ debe ser abandonada.  (2). Separar los extremos de un todo es un mal vicio que nos viene desde el platonismo continuado en el cristianismo, y lo tenemos infiltrado en nuestro cerebro como una especie de virus, o malformación genética, o como pequeños gusanos que se te meten por los poros, y son miles. Aquí Roberto Noboa nos lo vuelve a recordar, todo esta mezclado, es parte de nuestra interna contradicción, mente y materia no están separadas. Se nos ha dicho que sí, pero no, y esta muestra lo confirma una vez más, así sea.

 

Por eso se nota en este artista una intención manifiesta de unir en vez de desunir, es preferible una convergencia entre hombre y naturaleza. O quizás va mas allá, hacia una militancia a favor de la naturaleza como la expresión más humana del hombre. Esta es la receta de los que no huyen del abismo, sino todo lo contrario,  les fascina y entran en ella como en un bosque umbroso, a medida que lo ojos se acostumbran se descubren venados, conejos, cerdos disfrazados de personas. Y enormes lámparas colgantes surgen como flotando ingrávidas.

 

Llegando al final de esta reseña: su pintar es una excusa ? Intenta demostrar algo ?  Sí, con todas las letras.

 

 

Horst Moeller Freile

Hic et nunc

 

 

 

 

 

 

 

Referencias:

 

1, Bruno Latour, los estudios de la Ciencia, y la Comprensión.

Articulo de: Javier Espuny Gutiérrez-Solana. En: A parte rei. Revista de Filosofia

 

2,Pablo De Grand, Constructivismo y sociología. Siete tesis de 

Bruno Latour,   Revista Mad, Universidad de Chile, N° 29, Septiembre de 2013